Del bruñido de las olas, su remanso, alígero rocío de albura en el musgo bajamar de las orillas; pero el agua urde su sigilo: hilandero, enhebra raudales de luz que alondra ventisca desde el muelle…
La tarde oprime entre sopores de canícula y pirules, era de agosto la cosecha que desbrozabas con los dedos y una brisa de iridio plañía las ventanas al ardor del mediodía; enraizada al suelo, allí donde al arado brota de cortezas la espesura del verdor en los acantos, el hallazgo de tus ojos: savia de mar en el desierto; y así, maduro de aguas, –tu crótalo curtido entre mis sales- ungirías venenos de nardo en mi garganta.
Siegas, poción de los azahares, agua de miel para el estiaje de los labios enhebrando gota a gota la marisma y a cada hatajo de las plantas el haz dulce de los frutos: drupa del durazno; a la sed bronca del verano, efluvio, engullíamos legiones dérmicas que escaldábamos en azafrán y opio: analgesias amatorias de aguamar y clorofila.