Sólo con sus manos cifraría –vigía de los cuatro puntos cardinales- el tropel de los hervores en los vastos umbrales de la higuera, canto mineral de soles con que habrías de segar esos racimos de tordos que adormían de mieses la semilla...
¿Qué misterios urde la respiración de aquel crustáceo oscuro en ese letargo animal de la tormenta? Diáspora de sales, el vuelo silvestre de su oleaje medra de arenas el batir de las aguas en la espuma...
En el vórtice eras agua que asperjaba con su pulso los hervores del hinojo, los quicios tibios de su aroma: velámenes de leche que al candor de la llama líquida vertida al horizonte, acendraba de resinas la hondura frutal de mis vapores...
martes, 24 de febrero de 2009
Del bruñido de las olas, su remanso, alígero rocío de albura en el musgo bajamar de las orillas; pero el agua urde su sigilo: hilandero, enhebra raudales de luz que alondra ventisca desde el muelle…
La tarde oprime entre sopores de canícula y pirules, era de agosto la cosecha que desbrozabas con los dedos y una brisa de iridio plañía las ventanas al ardor del mediodía; enraizada al suelo, allí donde al arado brota de cortezas la espesura del verdor en los acantos, el hallazgo de tus ojos: savia de mar en el desierto; y así, maduro de aguas, –tu crótalo curtido entre mis sales- ungirías venenos de nardo en mi garganta.
Siegas, poción de los azahares, agua de miel para el estiaje de los labios enhebrando gota a gota la marisma y a cada hatajo de las plantas el haz dulce de los frutos: drupa del durazno; a la sed bronca del verano, efluvio, engullíamos legiones dérmicas que escaldábamos en azafrán y opio: analgesias amatorias de aguamar y clorofila.